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Cuando la luz llega en voz baja

  • quiquebg55
  • 1 jul
  • 3 min de lectura



La llegada, aunque esperada, nunca deja de ilusionar. Y más aún cuando viene de lejos esa parte de la familia que siempre se echa de menos, esa presencia que, por pequeña que sea, trae consigo una ternura capaz de modificar el aire de una casa. Hay visitas que no ocupan mucho espacio y, sin embargo, lo llenan todo. En mi caso, hacía falta. Porque mi oscuridad, día tras día, parecía crecer sin pedir permiso, extendiéndose como una sombra que no entiende de horarios ni de consuelo.


Y entonces me pregunté si una pequeñina podría dar un giro a esta circunstancia.


La pregunta, en realidad, llevaba dentro una mezcla de esperanza y de duda. Porque cuando uno atraviesa momentos en los que la fuerza disminuye, cualquier gesto bueno se mira con cautela, casi con miedo, como si el corazón no quisiera ilusionarse demasiado por si luego duele más la caída. Pero la vida, a veces, se abre paso de manera inesperada. No hace ruido. No anuncia grandes cambios. Simplemente llega, se sienta a tu lado y te obliga a mirar de nuevo.


Al principio, las caras de preocupación de sus padres parecían decirme lo contrario. Había en ellos una mezcla de prudencia, cansancio y afecto que se hacía visible en cada gesto. Parecía que también ellos se habían integrado en mi oscuridad, como si el peso de lo que me ocurre se hubiera instalado en todos, silenciosamente. Y, sin embargo, el paso de los días fue revelando algo que me sorprendió profundamente: la templanza de mi hijo.


Su confianza en mí. Su forma de hablarme, a veces abrupta, pero llena de una verdad que no necesita adornos. Su manera de intentar protegerme sin decirlo del todo, como hacen quienes te quieren hasta la médula.


Hay amores que no se expresan con grandes discursos. Se expresan sosteniendo. Se expresan quedándose. Se expresan haciendo de escudo cuando a uno le cuesta incluso mantenerse en pie. Y ese descubrimiento me llevó al convencimiento de que, detrás de este eclipse, empezaba a vislumbrarse un halo de luz.


Porque no siempre la esperanza entra por la puerta grande. A veces entra en voz baja, casi de puntillas, con la sencillez de una visita familiar, con la ternura de una niña, con la firmeza callada de quien sabe estar sin invadir. Y entonces uno comprende que hay presencias que no curan de golpe, pero sí abren una rendija por la que vuelve a entrar el aire.


¿Cómo dar las gracias a esa parte de la familia que tu hijo ha integrado en la nuestra?


¿Cómo agradecer esa templanza, ese coraje, esa manera de sostener sin imponerse, de acompañar sin hacer ruido? Hay personas que, sin saberlo, te devuelven el mínimo de energía necesario para empezar a moverte hacia un cambio. No resuelven todo, pero hacen posible que el siguiente paso no parezca imposible.


Saber que, aunque lejos, está ahí.

Saber lo que siente y cómo lo siente.

Saber que su visita a germinado dentro de mí algo que parecía dormido.


Eso me ayuda cada día a enfrentarme a mis limitaciones con una fuerza nueva. No siempre es una fuerza grande, ni rotunda, ni constante. A veces es una fuerza pequeña, frágil incluso, pero suficiente para no rendirse. Y quizá eso sea lo más valioso: descubrir que incluso en medio de la sombra puede nacer una forma de claridad.


Porque a veces la luz no llega para borrar la oscuridad de golpe. Llega para enseñarte que todavía no lo ha dicho todo.

 
 
 
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